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Bienestar

Nunca rendirse: Un milagro de amor

Perder el trabajo, perder un hijo, perder la movilidad... Estas son situaciones que nos ponen a prueba. Sin embargo, cuando se superan, demuestran que siempre se puede seguir adelante, con una buena dosis de esperanza. Tercera parte.
Héctor Fabio Zamora, Abel Cárdenas y Cortesía
Nunca rendirse: Un milagro de amor
Por: Redacción ALO

En el 2012, tras un noviazgo de dos años, Alejandra Restrepo y Javier Becerra se casaron. Los dos eran administradores de empresas, compartían su dedicación al trabajo y estaban profundamente enamorados. La pareja buscó un embarazo durante mucho tiempo sin obtener resultados, por lo que accedió a un tratamiento de fertilidad, que finalmente les dio buenas noticias: tendrían dos niñas. Esas pequeñas se llamarían Amelia y Emiliana, y fueron motivo de alegría e ilusión durante cinco meses, hasta que fallecieron por un aborto espontáneo.

“En esa situación entran muchas culpas, pero ante todo, un silencio infinito”, asegura Alejandra, ya que pasó varias semanas sin ver a nadie más que a su madre y a su esposo, a quienes les dirigía muy pocas palabras. Entonces vinieron una serie de coincidencias o, como la paisa les llama, ‘Diosidencias’, que les ayudaron a sanar y recobrar la esperanza. Una de ellas fue la historia de un taxista, que sin conocerlos les contó que había pasado por una experiencia similar y finalmente se había convertido en padre. Vea También: Nunca Rendirse. Una fe inquebrantable

Tiempo después, Alejandra y Javier lograron concebir nuevamente y le dieron la bienvenida a una bebé prematura a la que llamaron Martina. La pequeña, que pesaba apenas 2.340 gramos y medía 46 centímetros, luchó ferozmente por sobrevivir desde el primer momento. No solo sufrió un neumotórax que ocasionó el rompimiento de los alvéolos de sus pulmones, sino que también presentó una hipoxia cerebral, lo que significa que su cerebro no recibió suficiente oxígeno.


 
"El amor de una madre es tan grande que duele. Yo se lo digo a otras mamás y todas me entienden”. Alejandra Restrepo.
Foto: Abel Cárdenas

Durante ocho días, Martina no estuvo en los brazos de su madre, sino en una cámara con respiración artificial y con un tubo que drenaba fluidos y aire de su tórax. “Yo pasaba las 24 horas junto a esa incubadora. Me levantaba solo cuando hacían cambio de turno de enfermeras”, relata Alejandra, quien comenzó una cadena de oración por la salud de su bebé, que incluyó a amigos, familiares y personas cercanas.

Un día, los médicos la llamaron a ella y a su esposo para comunicarles que a pesar de su fragilidad, la pequeña se había arrancado el tubo y debían hacerle una cirugía. Pero las radiografías revelaron que los pulmones de la bebé se estaban reconstituyendo, lo que para ellos significó un verdadero milagro. El siguiente desafío fue la recuperación de la hipoxia cerebral, que podía traerle consecuencias como límites en la movilidad e incluso una parálisis cerebral. No obstante, la dedicación de sus padres y la efectividad de las terapias Vojta le permitieron desarrollarse de manera normal. Vea También: La magia del sí.


En los próximos días, Martina cumplirá tres años, y Alejandra no podría estar más feliz al respecto. Pero no ha dejado en el olvido su experiencia. La comparte con otras madres y se dedica a darles apoyo en los momentos difíciles que ella conoce tan bien. Para esta mujer, cuando sucede una desgracia “hay una etapa de negación, pero uno se tiene que llenar de valor y no tener miedo (...), aferrarse a la pareja o a los seres queridos para salir adelante y nunca perder la fe”, concluye.

*Tercera parte del reportaje 'Nunca rendirse', publicado en la edición 761 de la revista Aló. Por: Jimena Patiño Bonza.

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