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Cultura y Opinión

Vida después de la violencia de género

¡Nos están matando! ¡Ni una más, ni una menos! ¡Es hora de romper el silencio! Estas son algunas de las frases con que las mujeres de Colombia, de México y del mundo han salido a pedir a gritos que se detenga la violencia de género Por. Adriana Restrepo
Vida después de la violencia de género
Por: Redacción ALO.co

Que los Estados y las sociedades entiendan que estamos viviendo una pandemia y que es urgente encontrar la cura. Para ALÓ, tres mujeres poderosas relatan sus historias: sobrevivieron a agresiones traumáticas, pero no las vencieron. Por el contrario, María Isabel, Lorena y Liliana se levantaron más fuertes y convirtieron su experiencia en una razón para luchar por la vida de otras.

María Isabel Covaleda,
42 años

Su voz es la voz de quienes nadie oye, su determinación es la mayor esperanza que existe para miles de víctimas del país. En Colombia no hay cifras oficiales. Hay casos que cuenta Medicina Legal, otros de los que habla la Fiscalía, unos más los que obtienen las diferentes fundaciones, pero otros ¡muchos! ¡demasiados! son los que suceden en el más desolador anonimato, en medio del silencio cómplice y aberrante de la sociedad.
“El problema en Colombia y en el mundo es que todos somos machistas, lo hemos sido por siglos. Los pocos que nos damos cuenta de esta situación estamos en un proceso de rehabilitación, pero van a pasar varios años antes de que nazca una primera generación realmente limpia de machismo”, asegura María Isabel.

Su historia empezó en febrero del 2016, cuando conoció a Camilo Sanclemente. “Era un tipo majísimo, queridísimo, que de inmediato empezó a hacerse muy presente en mi vida: me llamaba, me visitaba, me buscaba con insistencia”. Maisa, como la llaman sus amigos, se había divorciado durante el embarazo de su hija y llevaba cinco años como madre cabeza de familia y sin ninguna relación sentimental. Quizás eso la convirtió en la carnada perfecta: una mujer, a sus ojos, vulnerable. Poco tiempo después de iniciar la relación, Maisa empezó a notar que Sanclemente se enojaba por cosas simples y se alteraba de manera desmedida, pero, por otro lado, sus reacciones contrastaban con cosas positivas como el que estuviera muy pendiente y entregado a la relación.

Ella lo dejó pasar. Llegaron entonces los insultos verbales –“culipronta, puta, zorra, vagabunda”–, esos que solo resultan hirientes para las mujeres, porque en los hombres son audacias que se celebran. Empezó a intentar reducirla, a culparla hasta por cosas absurdas, a buscar conflicto en cada momento. Y Maisa entendió que lo único que le producía ese hombre era terror. “Me daba miedo su mirada, sus palabras, la postura de su cuerpo”. Durante tres meses vivió un verdadero calvario, intentado terminar la relación, pero él, con amenazas y persecuciones, lo impedía.

Finalmente, un día en su casa, Sanclemente enfureció y le arrojó el celular a la cara y luego, como un toro, la embistió con la cabeza y la mandó contra la pared. “Lo peor para mí fue ver a mi hija presente. Ese día caí en la tristeza más profunda, sin entender en qué momento había permitido que mi vida quedara en las manos de ese tipo”. Cuatro días después, María Isabel tuvo un evento importante para su trabajo en el Teatro Faenza. Y Camilo, audaz como siempre, manipuló la situación para obligarla a entrar con él. “Le dije que nuestra relación estaba muerta y que le pedía que no habláramos de lo sucedido”. Al principio siguió las instrucciones, pero después de unos tragos, Sanclemente volvió a perder los estribos y le lanzó frases que sonaban a sentencia de muerte: “Usted es para mí, a las buenas o a las malas”. “Lo que pasó después es demasiado difuso. Camilo me arrinconó afuera del lugar y empezó a agredirme. Lo hizo con palabras, con puños, con saña. Yo caí inconsciente al suelo y no tengo idea cuánto tiempo estuve ahí. ¿Segundos, minutos? Finalmente, uno de los hombres de seguridad me ayudó y llamó a la Policía”.

En medio de la confusión y del pánico, Sanclemente apareció de nuevo. Esta vez haciéndose el loco, inventando un personaje que no sabía qué pudo haber pasado con su novia. Maisa lo vio y reaccionó: “¡Es él! ¡Agárrenlo!”, gritó. Y lo detuvieron. Y aquí empezó el segundo martirio para Maisa o para cualquier mujer víctima de violencia en Colombia. Los subieron a la misma patrulla, los dejaron por horas en la misma sala fría de la Fiscalía. Permitieron que una mujer asustada y golpeada permaneciera, sin ofrecerle un vaso de agua, oyendo las amenazas siniestras del hombre que solo un momento atrás había intentado matarla. La miraron con desprecio, juzgando su cara ensangrentada como la prueba irrefutable de que se lo había buscado. “A eso debemos enfrentarnos las mujeres. Por eso, muchas callan”.

A Camilo Sanclemente lo detuvieron solo 36 horas. Y salió de nuevo para cobrar venganza. Maisa tuvo que abandonar el país, junto con su niña. Pero antes se aseguró de hacer pública su historia. Las redes sociales se llenaron con su cara y la de su agresor, los medios sociales oyeron y replicaron su historia y le dieron visibilidad a una realidad de la que nadie hablaba. Aparecieron más víctimas del mismo hombre decididas a entregar su testimonio y cientos de agredidas por otros criminales que querían ser oídas y sobre todo que suplicaban por protección.

En el caso de María Isabel no ha habido justicia. Solo hasta hace un mes –¡después de cuatro años!–, hubo audiencia de imputación de cargos.
Una realidad que Camilo conoce de sobra y le ha permitido cometer sus crímenes una y otra vez. Pero, en esta ocasión, no contó con que los golpes que le propinó a Maisa la harían más fuerte, que sus insultos le darían mayor determinación. Creyó que podría destruirla, que podría opacarla, que su cuerpo delgadito era fácil de apagar. Pero María Isabel resurgió con ímpetu y se juró a sí misma trabajar para pedirle cambios a un Estado inoperante y a una sociedad permisiva.

Su lucha empezó como un movimiento de la sociedad civil, de amigos que la rodeaban y de voces que resonaban con la suya. Pero poco tiempo después vio la necesidad de crear la Fundación Maisa Covaleda, con la que no solo ha ayudado a guiar a mujeres a través de un viacrucis que está lejos de terminar con el denuncio (2.635 víctimas han sido asesinadas después de denunciar), sino que ha creado campañas y alianzas con entidades gubernamentales y empresas privadas para exigir políticas y rutas reales y efectivas de apoyo que puedan ofrecer una salida ante tantos casos. También está construyendo un sistema robusto y vivo que contabilice las acciones de violencia contra la mujer en todo el territorio nacional y sea capaz de predecir y prevenir futuras agresiones.

Necesita manos, necesita recursos y necesita sobre todo que la sociedad abra los ojos y mire de frente a las víctimas: “Es importante que quien conozca un caso de violencia cercano tienda puentes. Estas mujeres necesitan ayuda urgente”.

Lorena Millán, 52 años

En el año 2017, una amiga le presentó a Jesús Octavio Castellanos. Y de inmediato él se portó con Lorena como un príncipe azul. Llegaba con serenatas, flores, regalos y palabras dulces. ¡¿Quién podría negarse ante tanta galantería?! Sin embargo, el encantamiento duró muy poco. Solo dos meses después de empezar la relación, Jesús le pegó por primera vez. Ya vendrían más. Y destapó las cartas de su juego. Uno que siempre funcionaba igual: primero los insultos, luego los golpes y finalmente el llanto y la súplica por perdón. Era un guion conocido y la escena repetida hasta el cansancio. En noviembre de ese año, Jesús voló a Barcelona, España, y en diciembre llegó Lorena para acompañarlo. Él le había prometido una buena vida juntos. Pero lo bueno duró una semana, porque prefirió encerrarla en el apartamento donde vivían. Aparecía solo cuando tenía hambre y luego se perdía hasta las dos o tres de la mañana. Para entonces, Lorena ya sabía que él, además de violento, era un atracador callejero, y quería con todas sus fuerzas salir corriendo muy lejos de él.

Al mes, su hija, Mónica, le envió el dinero para el tiquete y Lorena huyó de regreso a Colombia y se escondió en la Mesa, Cundinamarca. Pero Jesús encontró su paradero y la llamó con amenazas tremendas: o Lorena regresaba con él o sus hijos (Mónica y Fredy) pagarían las consecuencias. También se encargó de convencer a la familia de Lorena de que él la amaba y de que era una buena persona. Entre el miedo que le provocaba Jesús y la presión que ejerció su propia madre, se sintió obligada a volver con él. Pero nada había cambiado: un día la maltrataba (la insultaba, la golpeaba o le apretaba el cuello con fuerza) y al siguiente le pedía perdón. “Ahí empezaba el show: los llantos, el desmayo, los ‘te necesito’”.

La noche del 3 de febrero del 2018, Jesús y Lorena se reunieron con un grupo de amigas para tomar unas cervezas. Sonó una canción que a ella le gustaba y la cantó. Esto provocó la ira del hombre. Le soltó entonces, como si nada, uno de esos insultos machistas –¡perra!– y le pellizcó las piernas. Luego se fue del lugar. Las chicas pagaron la cuenta y cada una salió hacia su casa. Y mientras Lorena caminaba sola, él la alcanzó enfurecido, con una botella rota en la mano. Se lanzó con fuerza hacia ella y le cortó la cara. Lorena como pudo sostuvo el pedazo de mejilla que le quedó colgando. Adolorida y aturdida, vio que él se lanzaba nuevamente para degollarla, pero un señor lo detuvo. Jesús salió corriendo y el hombre llevó a Lorena al hospital. Al verla, los médicos se cogían la cabeza con desespero e impotencia, tratando de encontrar alguna manera digna de coserle el rostro. ¡Lorena estaba completamente desfigurada!
A las cinco de la mañana, antes de salir en ambulancia hacia Bogotá, al celular de Lorena entró una llamada de Jesús. Ella lo conocía demasiado bien y sabía que la estaba esperando. Así que sacó fuerzas de lo más profundo del alma para interpretar un papel que Jesús jamás hubiera imaginado. Lo hizo sentir seguro y perdonado. Lo engañó, como tantas veces lo hizo él, y le dijo que llegara al hospital para recogerla porque ya le daban de alta. Y él, con esa confianza enfermiza propia de un ser egocéntrico, le creyó. Llegó al centro de salud con pinta de inocente, pero allí lo esperaba ya la policía.

Jesús, por supuesto, juró venganza y aún hoy, tras dos años en la cárcel, la llama para amenazarla o para iniciar su rutina de falso arrepentimiento. Pero esa noche, Lorena entendió –a las malas, claro– que no había vuelta atrás y que ella debía ser fuerte para mantener a su agresor tras las rejas. A Jesús lo sentenciaron a 135 meses de prisión, sin beneficios ni reducción de pena, por feminicidio tentativo. Poco, es cierto, pero al menos él paga una condena en un país donde el 95 por ciento de estos casos quedan en la impunidad. Por su lado, Lorena también paga la suya: más de 15 cirugías plásticas, cientos de tratamientos que ha recibido por parte de la Fundación de Alexandra Rada, y miedo, muchísimo miedo. Con mucha suerte han podido contar con el apoyo de la Fundación de Maisa Covaleda y de la Gobernación de Cundinamarca, pero Lorena sabe que ni ella ni sus hijos ni sus nietos podrán estar a salvo mientras vivan en el mismo país que el agresor.

 

Liliana Perea. 39 años 

La violencia se presenta de muchas formas. Y casi nunca llega sola. La de Liliana es una vida atravesada por este flagelo y por el abandono constante: un lugar oscuro, donde el amor lo vino a conocer a los 15 años, cuando tuvo a su primer hijo, Juan José. De niña nunca supo de su padre, porque su mamá, Rosa Estela, lo mantuvo al margen. Cuando Liliana cumplió cinco años, Rosa inició una relación con un hombre y envió a su hija a vivir con la abuela. Desafortunadamente, su abuela murió cuando Liliana cumplió 10. Entonces, la niña pasó a manos de unos tíos, quienes la obligaron a trabajar en los oficios de la casa. La chica se escapó y quiso volver con su mamá. Pero nunca imaginó cuán difícil se pondrían las cosas. Su padrastro no solo golpeaba con fuerza y casi a diario a Rosa, también intentó violar más de una vez a la pequeña niña: “Me obligaba a sentarme en las piernas, me decía cosas obscenas o se masturbaba y me pasaba las manos untadas de semen por mi boca”. Por las noches, Liliana se acostaba en medio de su mamá y su padrastro para contener ella, tan menudita, las patadas que él le lanzaba con rabia a su madre.

Un día, agotada de tanto dolor, Liliana decidió contarle a su tía lo que sucedía, pero Rosa negó todo y tildó a la niña de mentirosa. Incluso intentó dejarla en un reformatorio para drogadictas y prostitutas. Liliana volvió a huir a los 15 años.
Llegó a vivir con unas amigas en Ciudad Bolívar. Allí, en un bar, conoció a José Gregorio Cuéllar, un hombre seis años mayor, que, dadas sus circunstancias –una niña sin estudio y sin hogar–, parecía más una tabla de salvación. En el año 1998 tuvieron a Juan José y cuatro años después, Liliana quedó embarazada de Valentina. Para entonces, el tipo ya no llegaba a la casa, aportaba muy poco dinero y llevaba una relación con otra mujer. Liliana lo enfrentó y lo perdonó. “No quería que mis hijos vivieran lo mismo que yo, guardaba la esperanza de darles una familia”. Sin embargo, él siguió con su amante. Vino una nueva pelea, pero esta vez las cosas se salieron de control: él la golpeó y le apretó con fuerza el abdomen para provocarle un aborto.

Liliana se defendió como pudo. Poco después, le pidió que se fuera de la casa. Liliana no contó con su apoyo durante el parto: tuvo a su niña sola, en medio del dolor y la angustia. Dos años más tarde, Gregorio volvió pidiendo una oportunidad, y la obtuvo. Pero mientras Liliana trabajaba y luchaba como una fiera por sacar adelante a sus hijos, Gregorio se convertía en un parásito que no aportaba más que desplantes hacia ella y los niños. “Dije ‘ya no tengo 15 años, ya no puede seguir jugando conmigo. No me dejaré pisotear. ¡No más!’”. Liliana lanzó su grito de guerra y abandonó a Gregorio para siempre. Hace falta coraje para salir de espirales de violencia. Pero mientras exista la determinación y la fuerza heroica como las de Liliana, es posible.

Validó el bachillerato, se graduó como asistente administrativa y como técnica en contabilidad comercial. Trabajó en panaderías, en servicios generales, administró un restaurante de comidas rápidas y llegó a la Secretaría General de la Gobernación como contratista. También conoció a un buen hombre, Jorge Rico, con quien logró finalmente formar esa familia que el destino le había negado. Y va por más.    

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